Entre el vivir y el sobrevivir

jueves, 3 de junio de 2010

Tras la cortina (II)





"Esta es la caja. El cordero que quieres está dentro" - El principito

Rosa cerró la panadería, como siempre, más tarde de la hora debida. Se enfrentó al cambio de temperatura con un temblor en las manos que sabía no cesaría hasta llegar a casa, cuando tuviera que enfrentarse con Albert, su marido, y, sobre todo, con Xavi.

- ¿Cómo podré explicárselo? -pensó. Es aún un niño y el mejor amigo de Joan...

Caminaba con la mirada fija en la casa amarilla intentando vislumbrar desde el ajustado ángulo algún movimiento de la cortina de lo que ella sabía era la habitación principal. Nada, como casi siempre.

La calle estaba desierta, la mayoría estaría comiendo y hacía demasiado frío para que ni siquiera los niños con sus habituales juegos sabáticos la llenaran con sus gritos.

- Tengo que darme prisa o Xavi ya no estará en casa -se dijo. Seguro que Joan habrá venido a buscarle, sin que se entere la señora Asunción. Hay que ver... esta mujer nunca olvidará ni dará su brazo a torcer. Mira que intenta que su nieto no sea amigo de mi pequeño, pero le ha salido rana: es tan terco como su padre...

Iba tan absorta en sus pensamientos que casi pisa al gato negro que yacía muerto, seguramente atropellado por algún coche. "Pobrecillo, no le habrá dado tiempo a salir de debajo. Tengo que decir a Albert que lo retire antes de que Xavi lo vea, o tendremos drama para días"

- Hola cariño, vienes helada -saludó su marido. Xavi se ha ido ya con Joan, así que podrás contarme con detalle eso tan importante... Desde que me has llamado por teléfono no dejo de pensar que nos vas a meter en un buen lío.

- Bueno... me hubiera gustado que el niño estuviera también, pero igual es mejor que te ponga a ti en antecedentes y pensaremos cómo decírselo a él.

Imposible comer con el nudo que tenía en el estómago. Aceptó el café que su marido le ofreció, apartando el resto. No había nada más importante que lo que debía confesar a su marido...


*

- Te he dicho que no, Joan, si mis padres salieran en ese momento nos caería una buena bronca. Esperemos a que sea un poco más de noche...

- Pero Xavi... Ya habíamos quedado ¿no? Tenemos que averiguar qué hay al otro lado del muro. Seguro que aún queda alguno, hace frío y no creo que se hayan vuelto desde anoche. Anda, no seas cobardica...

La noche anterior, los dos niños se habían reunido en el jardín de la casa de Xavi. Rosa lo cuidaba durante casi todas sus horas libres. Había días que ambos habían ido a buscarla y no la encontraron. Invariablemente, en esas ocasiones, ella alegaba que estaba en la parte del fondo o que había salido sin que ellos la vieran. Durante años la habían creído... pero ya hacía meses que se preguntaban si no estaría mintiendo.

- Joan, eres un exagerado, no puede ser que mi madre sea una extraterrestre. ¡Me habría dado cuenta!

- Ya, tú siempre chafándome las ideas. A ver... ¿no viste anoche la extraña luz que venía del fondo del jardín? Y cuando fuimos tu madre había desaparecido. Así que no me vengas con tonterías. Tenemos que ir a investigarlo.

- Mira que nos la jugamos... -Xavi no paraba de pensar en el castigo que podría asignarle su madre si fastidiaban alguna de sus plantas.

- Tendremos cuidado y si rompemos algo, lo quitamos y ya -Joan no estaba dispuesto a perder la oportunidad.

Xavi tenía una imaginación menos desbocada que Joan, al menos en lo que se refería al jardín de su madre, quizás porque creció (a diferencia de su amigo) con la prohibición calada hasta los huesos. Era el dominio de Rosa, su capricho y no permitía que nadie, ni su marido, lo pisara más allá de la fuente y los rosales que lo partían en dos zonas: la cercana a la casa y,como tal, parte de todos, y el resto, su pequeño mundo.

- Algo esconde en el fondo, Xavi, y tú opinas igual que yo. ¿Y si al otro lado del muro está la nave espacial?

- Al otro lado del muro está el jardín de la casa amarilla, Joan, y tú lo sabes.

- Por eso, en esa casa no vive nadie, estoy seguro que utiliza el jardín para algo.

- Pues ya me dirás cómo entra...

- No me vas a convencer, Xavi, ahí hay árboles suficientes, enredaderas y hiedras que tapan el muro. Tiene que haber algún pasadizo...

- Tu yaya tiene razón, esa imaginación tuya un día te va a dar un disgusto.

Pero Xavi siempre cedía ante la insistencia de Joan, en realidad a él también le picaba el gusanillo de la curiosidad, así que acompañó a su amigo hasta el lugar prohibido en una rápida carrera, rezando para que sus padres no los descubrieran "Como me quede sin ir al cine mañana, me las pagas, Joan"

El trayecto les resultó más largo de lo que era por el temor a ser descubiertos. Pero ya estaban allí, rebuscando entre los colores rojizos y ocres del otoño. Palpaban con las manos heladas el muro, cada uno en sentido contrario al otro "Acabaremos antes -había indicado Joan"

- ¡Aquí! -gritó Xavi. Joan, hay una puerta... -susurró inmediatamente recordando que sus padres estarían en la casa.

Había una puerta de acceso y la llave estaba puesta.

- Mira que tu madre... dejar la llave puesta...

- Claro, ella está segura que nadie vendrá por aquí.

Y pasaron al otro lado...

Lo primero que vieron les dejó con los ojos extremadamente abiertos y sin palabras. El jardín de la casa amarilla, era de una belleza insospechada. El muro que lo rodeaba era algo más alto que el anterior y un camino de baldosas unía la puerta con la casa. Todo estaba cuidado, como el de Rosa, en contraste con lo que se veía de la casa, que no mejoraba en absoluto la imagen de la entrada principal.

- Vaya... tu madre debe cuidar también este jardín -dijo Joan decepcionado. Pero ni rastro de la nave...

- ¿Ves? Ya te lo decía yo... Ahora vámonos antes que mi madre nos pille.

- Espera... ¿qué eso que se ve un poco más adelante? En el suelo...

Joan echó a correr sin esperar a su amigo. El corazón le latía frenético e innumerables preguntas se iban agolpando en su mente mientras se acercaba.

- ¡Es Pipo! ¡Xavi! ¡Es Pipo!

Se dejó caer de rodillas junto al peluche, el perro que perdió hace años y que tanto le hacía recordar a sus padres. Y lloró con él abrazado mientras Xavi, de pie junto a él, no sabía qué decir para consolarlo... ni se imaginaba cómo había llegado Pipo hasta allí.

Ya no había naves espaciales en su mente, ni recordaba por qué estaba allí... Joan sólo podía pensar en que había encontrado a su peluche y le daba igual que su amigo dijera que era una nenaza, no podía controlar sus emociones.

Pero alguien más veía la escena... Alguien que se ocultaba tras la persiana ajada por el tiempo del primer piso.

Elu

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