Entre el vivir y el sobrevivir

martes, 25 de mayo de 2010

Pobre felpudo





Acabo de llegar a casa y casi lo hago...

Hay varias cosas que me fastidian, que me irritan, consiguiendo lo que muchos, intentándolo con ganas, no logran. Y claro, luego pasa lo que pasa: me enfado. No es que lo haga con alguien en concreto, generalmente es con el mundo entero... o, casi siempre, como hoy, conmigo misma.

Me pone de los nervios estar esperando una llamada, depender de esos aparatitos inalámbricos que llevo conmigo a todas partes como si fueran una prolongación de mi persona. Que sí, que me siento esclava de la tecnología y me pone los pelos de punta comprobar que no me siento tranquila si se me olvida el móvil en casa o si el fijo se está quedando sin batería...

Con gusto los estamparía contra la pared si no fuera porque esta casa no es mía y la dueña me mandaría arreglar los desperfectos...

Y antes era peor, cuando no había móviles y los fijos estaban aposentados en el salón, o en el aparador de la entrada, o en la habitación. Y, claro, seguro que te llamaban en el momento más inoportuno. Recuerdo una vez que salí con el pantalón bajado, sin recordar que, si no lo agarraba, la gravedad me jugaría una mala pasada y ¡zas! caí de bruces, tiré el teléfono, los arreglos florales y el cenicero de piedra que casi me dejó seca en el acto. Y total ¿para qué?, para no ser la llamada que esperaba.

Porque ese es el problema: estás sujeta a un teléfono en espera de esa llamada que no llega, anhelando escuchar la voz que necesitas...

¡Mierda! se mire como se mire, eres esclava sin solución.

Hoy me preguntaba una amiga si era malo no estar ya tan pendiente del móvil. Y yo le he respondido con un NO rotundo. Creo que se vive más tranquila.

Pero no acaba ahí el problema, no. Luego está el otro tema: el buzón.

Invariablemente, cuando abres el buzón, sacas las cartas y casi sin mirarlas metes la mano y palpas.

- Y qué esperas encontrar, ¡idiota! -me digo. ¿No ves que está todo en la otra mano?

Con suerte no me paso la mano por la cara, o me golpeo la frente, porque si lo hago, vuelvo a casa con todo el polvo acumulado de mascarilla.

Pero lo peor es saber que la carta que esperas tiene nombre y apellido, y que no llegará...

Vamos, que una se va acalorando según transcurre el día y llega a casa como yo: pagándola con el felpudo.

¿Os habéis dado cuenta que una se limpia en el felpudo de diferentes maneras? Soy de las que siempre, o casi siempre lo hace. Me enseñaron que es una forma de mantener la mayor parte de la suciedad fuera de casa y ahora forma parte de esas cosas que hago mecánicamente. Pero sí que me he fijado en otros, y en mí, alguna vez. Por ejemplo, cuando estás indeciso, antes de entrar en un lugar, te quedas más de lo debido limpiándote, algunos hasta lo hacen tanto que, en alguna ocasión, he pensado que la suela debía estar más limpia que el resto. O esas veces que voy al dentista, que se puede ampliar a cuando iba donde mi exsuegra, a casa de mi hermana, o a la del vecino pelma que no te deja tranquila; en esas ocasiones, aprieto tanto que siempre miro abajo por si lo he desgastado y se nota.

Ahora alguien me leerá y pensará, quizás, que por no esperar esa carta, o esa llamada, se quiere menos (porque supongo quedaba claro que esperas a esa persona tan especial) Y no, nada de eso.

No es que te quiera menos, ¡es que me quiero más!

Mientras, creo que me tumbaré un rato a ver si se me pasa el enfado. Que sí, el buzón no me lo puedo traer, pero seguro que los dos teléfonos estarán muy muy cerca.

¡Manda narices! Sentirse esclava es un rollo...

... claro que se pasa todo cuando recibes esa llamada, o la carta o, muchísimo mejor, cuando te sorprenden en persona.

Si es que no escarmentamos...

Acabo de llegar a casa y casi desgasto el felpudo.


Elu

lunes, 24 de mayo de 2010

Vestigio




¡Oh tierra ingrata y fuerte, tierra mía!
¡Castilla, tus decrépitas ciudades!
¡La agria melancolía
que puebla tus sombrías soledades!
A. Machado

- Ay... vaya memoria la mía. Debo de estar volviéndome vieja. Si ya lo decía mi madre: "No puedo con mi vida"

Aquella mañana, Amalia no podía recordar por qué había salido a la calle. Se dijo que debía hacer compras, llevaba la vestimenta apropiada... porque Amalia, como todas sus amigas, tenía un vestuario para cada ocasión.

- Bueno, ya me iré acordando según llegue -se consoló.

Al llegar al final de la calle vislumbró la casa. Se erigía ahora entre dos nuevas edificaciones, vestigio de un ayer que recordaba claramente. Se paró un momento a contemplarla. Las tejas oscurecidas, las persianas descoloridas, los desconchados y derrumbes le daban un aspecto de lánguido abandono.

- Hay que ver... lo que fue y lo que es.

Cruzó la avenida y miró uno de los laterales, aquel por el que, en otro tiempo, tantas veces subió corriendo para que los señoritos no la vieran con la bolsa de tela de saco. Se sorprendió al comprobar que ya no estaba la escalera de hierro en su lugar, aunque aún quedaba la verja de arriba "Sepan ustedes que está ahí para recordarles que no deben utilizar la escalera, ustedes han de salir por la parte de atrás, son simples obreros" Recordaba muy bien las palabras de los dueños de la fábrica... y de la casa. Y a su madre que siempre la decía:

- Eres menuda y pequeña, puedes pasar en horas de trabajo, no te verán cuando me traes la comida... y cuando vuelvas corre todo lo que puedas y esconde bien la bolsa.

La madre de Amalia, Josefa, quedó viuda muy joven con una niña de apenas dos años y otra (Amalia) en camino. Con pocos recursos tuvo que ir a trabajar a la fábrica de galletas que se situaba en la parte inferior y detrás de la hermosa casa (que era entonces). Cada mañana pasaba delante de la fachada con un toldo muy elegante y tiestos llenos de flores que colgaban de los ganchos que perduran en el tiempo. Con más hambre que cansancio se disponía a soportar a la encargada "chicavieja amargada" que les regañaba continuamente por comerse la producción.

- No pierdan el tiempo en saludos, ponganse a trabajar que ya es hora. ¡Y no se coman ni una pasta! O es que se creen que no las veo... -era su saludo matutino.

Y todas callaban, cómo no, pero se turnaban para meter, de vez en cuando, alguna pasta que les engañara el estómago. Eran tiempos difíciles los de la posguerra.

Josefa discutía mucho con la encargada, y siempre la decía: "A ver, doña Urraca (que no era su nombre precisamente) ¿qué hacéis con las pastas que se rompen? Los señoritos las tiran, seguro, ¡pues qué coño! si podemos aprovecharlas no sé dónde está el pecado"

- Un día de estos me echarán, lo sé... pero no me importa, ya encontraré otra forma de traer el pan diario a casa -contaba a sus amigas.

Y mientras, cuando Amalia le llevaba la comida en la pequeña bolsa que su abuela les había preparado con tela de saco, Josefa aprovechaba el ángulo de visión de la encargada para dar un beso a su hija y meter unas cuantas pastas en la bolsa.

Amalia miraba el espacio ahora vacío donde antaño estaban las escaleras y recordaba sus carreras.

- Qué tiempos aquellos... -se dijo, ya no queda nada de su anterior esplendor y, por suerte, ya no he necesitado comer nunca más las malditas pastas. Por cierto, voy a comprar un par de solomillos.

Elu

sábado, 22 de mayo de 2010

Vivir contigo




ELLA:

Hace mucho que decidí que la caja tonta nunca volvería a ser motivo de alejamiento, enfrentamientos o diferencias... mucho menos de discusión o recriminación. Lo tengo claro: si es tonta no merece la pena pelearse por ella.

Aún recuerdo a esa persona con la que convivía, su manía de apoderarse del mando y cambiarme la cadena cuando más concentrada estaba en algún programa, sobre todo si eran películas, y mis suspiros posteriores, un poco como si dijera "Ya te vale... podrías esperar al menos a los descansos" Claro que debería reconocer que más de una vez deseé golpearle con lo primero que tenía a mano (normalmente un cenicero de piedra) a ver si espabilaba de una vez y se daba por enterado.


Y aquí estoy descubriendo, después de mucho tiempo, tu tendencia a actuar de la misma forma.

- Cielo... hoy echan una peli independiente, es muy buena y me encantaría que la viéramos juntos.

Y yo, encandilada ante la perspectiva de compartirla contigo, me dejo llevar... aunque esté cansada y tenga unas ganas locas de decirte: "Que le den a la peli, cariño, estoy muerta y necesito estirarme. Al menos, podrías dejar que me tumbe en el sofá" Pero no, sólo te tiendo la mano, sonrío y veo la peli contigo; no es cuestión de malgastar una oportunidad de ver tu sonrisa de niño, tu mirada enternecida y feliz. Y es que yo también me siento un poco así, para qué negarlo.

Pero llega ese día en que una se encuentra tan pancha, contenta de tener un ratito para relajarse ante uno de los tantos filmes sin demasiadas pretensiones, pero que te liberan de tensiones. Y tú, cuando se va acercando el momento (para mí, evidentemente) culminante, descubres que la imagen no es lo suficientemente buena y decides buscar un nuevo canal.

-Vaya -me digo- no será capaz de dejarme a medias...

Pues sí, a ti te da por hacerte el entendido con el mando que, me temo, no tienes ni idea de usar. Y ¡dios! en pantalla sólo hay una sucesión de puntos y rayas, sin imagen, producto de la búsqueda automática, por supuesto.

-Mejor ahora que luego, a ver si encuentro un canal mejor -seguro que crees que lo haces por mi bien.

Y digo yo que si no te gusta la película, mejor me dejas a mí viéndola como está... que no me molestan las interferencias, mejor así que como termina la escena: yo preparando la lavadora y tú... tumbándote en el sofá. Porque esa es otra, a mi vuelta, estás medio dormido, cuan largo eres y con la mano en la barriguita (por decirlo... delicadamente, mejor el diminutivo,cariño). Y yo, con mi imaginación alterada, veo el puro en el cenicero (de los malos) y las cervezas tiradas por el suelo y la mesita. Y suspiro por no darte un zarandeo, y me meto aquí a contarle a esta hoja en blanco lo que mejor no te digo... porque intentarías llevarlo a tu terreno con un:

-Mira que eres teatrera, ¡pero si no se veía nada!

Y es que la vida contigo es como una montaña rusa. Aún no sé si estoy arriba la mayoría de las veces porque, y eso he de reconocerlo, sabes llevarme de la mano de forma que no toco el suelo.

Ya que hablo del suelo... ahora me acuerdo de cuando me dijiste:

- ¿Conocías la expresión "una mujer seca"? En referencia a esa que no puede engendrar.

- Pues sí, más bien se generaliza a la que no pudo o ya no puede tener hijos.

- Ya... no está mal, claro... Una mujer seca, árida, sin posibilidad de engendrar. ¿Te das cuenta? Es natural que un hombre deba relacionarse con mujeres mucho más jóvenes que él... porque nosotros seguimos siendo fecundos siempre.

- Mírate... hablando de las relaciones como si fueran encaminadas a la procreación. Acabo de descubrir que me he casado con un animal... y, para colmo, religioso.

Te ríes, sí... aunque al volante te concentres y me pidas que no te distraiga. Sé que, en el fondo, me ves como una personita simpática y con buenas salidas, siempre aisladas... porque la mitad de las veces estás inmerso en tus pensamientos y no te enteras. ¿Que soy cotorra? Bueno, algo de eso hay, ya lo sé, pero tú no te quedas corto, no en vano te llamé loro desde el principio.

¡Ay! Si es que no puede ser, esto de la convivencia es difícil. Si no fuera por lo maravillosa que puede llegar a ser, echaría a correr y no pararía hasta poner unos cuantos kilómetros por medio.

Vivir contigo es descubrir que la vida es una película donde te puedes sentir tanto la protagonista como la peor de las actrices secundarias. Arriba, abajo; luz, oscuridad... pero siempre envuelta en sentimientos. Vaya... que no me dejas indiferente.

Qué pena que no tenga tiempo de contarte más. Está sonando nuestra canción.

- ¿Bailamos?

Elu

jueves, 20 de mayo de 2010

Incoherencias




Una se va haciendo a la idea de una vida solitaria, sin nadie que te llame desde la cocina para ver cómo seguir con el guisado, sin la lucha por el mando a distancia que acabe con un revolcón entre carcajadas. Una va aceptando que las circunstancias han estado en su contra y que los finales no acaban como en el cuento: después de las perdices llegan las despedidas.

Lo que no sé si me acostumbraré es a esta desposesión: apátrida, agnóstica, aséptica... y lo que es peor, a caer en el inodoro sin fuerzas para levantarme.

Que sí, que tengo fiebre y estoy para pocos trotes. Y que es en estos casos cuando me da por pensar que la vida se me escapa y nadie se da cuenta. Que cierro los ojos y pienso que la eutanasia debería legalizarse; que echo de menos aquella voz que me daba ánimos, mimos, cariños cuando, no hace tanto, me rompí el brazo. Entonces estaba triste, me sentía inútil... pero todo era diferente.

Hace un rato estaba tranquila en mi sofá, intentaba no pensar (lo prometo) pero como siempre la mente va por libre y cuando te quieres dar cuenta estás metida en laberintos de preguntas, dudas, decisiones, absurdos sueños de futuros posibles... Creo que andaba paseando por una playa de la mano de alguien (no quiero admitir quién era) cuando me he dado cuenta que sentía una urgencia abrumadora de visitar al Señor Roca. He debido levantarme demasiado rápido porque enseguida he sentido un ligero mareo. Dada la perentoriedad del asunto mi cuerpo no ha reaccionado como debiera y me he lanzado a una carrera vacilante por el estrecho y anguloso pasillo que ha terminado conmigo agarrada al lavabo mientras todo daba vueltas a mi alrededor.

Anda que no me he reído cuando, después de unos segundos, me encuentro sentada en el inodoro, con ambas tapas levantadas (no es habitual en mí dejarlas de esa manera, pero prometo que no recuerdo haberlas levantado)... Vamos, yo hundida en la inmundicia sin fuerzas y con un ataque histérico de risa.

Visto lo visto, he decidido atrincherarme por unos días en el sofá, con unas cuantas botellas de agua, los antibióticos, los mandos y teléfonos a mano... y si puedo, me inyectaré por vena Orfidal....

Pues eso, que estaré ausente lo que dure mi estado vírico, anodino, asquerosamente apático y terriblemente victimista. O se me pasa pronto o lo ignoro.
He dicho.

Elu

miércoles, 19 de mayo de 2010

Un día de estos del CSI


Pues sí, un día de estos montaré mi propia agencia CSI...

Dicen que la curiosidad mató al gato o, como poco, salió escaldado. En eso estaba pensando antes de ponerme a aporrear las teclas...

Pido disculpas si repito alguna historia dicha ya con anterioridad, es que una ha escrito tanto a lo largo de sus dilatados años en la red que ya no recuerda exactamente todo lo relatado.

Mis comienzos fueron allá por el año 2001, en plena crisis personal (como muchos, supongo) con mi natural ingenuidad y muchas ganas de conversar con personas que de otro modo hubiera sido impensable.

Por aquel entonces conocí a mucha gente que, a su manera, fueron dejando su huella en mi vida. Unos más que otros, para bien o para mal.

Los primeros castañazos llegaron pronto, cómo no iba a ser así, creía en y a las personas, no imaginaba dobles intenciones y mucho menos que fueran capaces de hacer daño gratuito.

Llegados a este punto, alguno sonreirá pensando algo como: "Pero bueno, ésta dónde vivía ¿en una burbuja?" Pues no, lo peor del caso es que ya me habían dado muchas más en lo que llaman "realidad".

Bueno, como os iba diciendo, aquellos primeros golpes que me dejaron anonadada (como poco) fueron creciendo en cantidad y calidad, hasta el día en que decidí agarrarme a un clavo ardiendo (un clavo con otro se quita, me decían, y yo lo probé) De resultas de esa decisión, di pasos con un señor (vamos a llamarle así) que me ofrecía el oro y el moro, y me pedía una vida a su lado "porque eres tan especial que no puedo dejarte escapar". Hasta ahí todo bien, y así fue durante unos meses... Aún creía en las buenas intenciones.

Ahora llega el pero...

Cuando empecé a sospechar que me ocultaba algo, eché mano de las herramientas que el mundo de Internet te ofrece, en aquella ocasión fue una Comunidad de las de msn (que algunos conocisteis, seguro) Entré con una nueva cuenta, sólo a observar. Durante un par de meses en los que, por cierto, me hice muy amiga de dos mujeres de allí, le seguí los pasos y cada día las dudas iban tornándose certezas. A todo esto, él me ponía poco menos que de paranoica. Pero yo no me lo tragaba. Dejé de tener encuentros con él, cambié de actitud: no le decía nada de mis dudas, no contaba ni a mis amigas el caso... Y llegó el momento en que todo se destapó.

Fue a raíz de ver unas fotos de una quedada en la que, casualidad, una de las dos amigas que os menciono, había estado. Al fin me decidí a hablar con ella. Por supuesto, el señor al que me refiero estaba con una morenita, y no sólo en la foto. Mi amiga me echó un somero rapapolvos, un golpe en la cabeza me debió dar... Manda narices, y yo por respeto hacia él no había querido comentar nada. El día que me enfrenté a él, ya con pruebas, aún quería salirse por la tangente alegando que eran malos entendidos y que yo estaba celosa.

Me reí mucho, no creáis, ahí es dónde comencé a ver claramente que la mitomanía puede ser una enfermedad, pero que algunos son simplemente patéticos mentirosos.

Aquello se pasó rápido, y su recuerdo quedó como simple anécdota. Pero empecé a entender la androfobia y también (que de los otros casos hay mucho) la misoginia.

A partir de entonces ya no creí demasiado... Eso sí, no aceptaba como válido ningún intento de ponerme en guardia contra alguien si no lo comprobaba primero. De eso no hablaré ahora, pero tiene tela, y de la buena...

Esos fueron mis comienzos en la investigación. Para los siguientes casos tuve la inestimable ayuda de una amiga muy especial, de las pocas que quedan de los primeros años en Internet (por no decir la única) Ella sí que se graduó con honores...

Actualmente me he movido por más sitios: blogs, foros, Comunidades, Servidores diversos de chat... y he podido ser testigo (más que sufrirlo en propias carnes) de los más disparatados casos de abusos, mentiras y demás falsedades. Fruto de ello hay varios relatos.

Los últimos hallazgos van desde la famosa sirena rubia, natural, maravillosa, hasta el moreno de ensueño... y más que no declararé porque me entra la risa y no puedo teclear. Y es que, si se van atando cabos, al final descubres, por ejemplo, que en la fecha en que alguien te decía: "no desaparezcas, porque te quiero, aún no sé cómo... ya sabes cómo soy, pero te quiero.." resulta que estaba ya con otra. O ese que no aparece mucho por el messenger está en otros sitios haciendo lo que le viene en gana (bien por él) O que la que se ha muerto, ni está muerta ni es la jovencita que decía ser... ¡Terrible!

Claro, luego le llaman a una mejillón o, en un intento de subirme de categoría, ostra... Como para no serlo.

Cada mañana me miro al espejo por si no soy yo la que se refleja. Después de guiñarme un ojo, hacer piruetas varias para ver si la pillo en un renuncio... me digo: "Ah sí, soy yo". Vamos, que no sé ni si fiarme de mi sombra.

Ayer hablaba con una amiga que se quejaba de la mentira "Cualquier cosa menos eso, y él lo sabe. ¿Por qué me miente?¿Para qué?" Y yo sólo podía sonreír tristemente recordando lo que es tener esa sensación.

- ¿Por qué no investigas un poco? -le dije.

- ¿Para qué? igual me entero aún de más cosas... y no sé si quiero -me contestó.

- Sí -pensé- o no puedes ver la evidencia porque han configurado para ocultar. Mira que me da rabia eso...

Pero ahora pienso en el gato...

... ya no sé si quiero descubrir más.

Elu

martes, 18 de mayo de 2010

Tú sólo camina







No temas, tú sólo camina...


te tomaré con mano firme y pulsante


para llevarte hasta la orilla del roce de unos labios,


hasta el suspiro


o al cabello de la sien entre unos dedos


y al cuenco de una mano que te habitará la nuca,


que te atraerá,


pecho contra pecho, a esa fusión


donde no caben sonrisas falsas de amantes esporádicos,


sólo pupilas firmes de encuentros únicos sin gnomos,


sin espectros muertos,


tardío reflejo que ahora reina


en el algodón de tu alma azul con mariposas blancas;


espejo, ahora real, donde mirarse


en horas que no mueren por eternas.



Sólo esperar, sólo paciencia;


estoy aún aquí, contigo en mente,


vuelve a mirarme y cree no imaginarme;


volveremos otra vez, muchas más veces,


sentiremos, de nuevo, los cuerpos caer,


las voces suspiradas, los besos de calor, ojos rendidos,


ocres colores, suaves telas, claros rincones


y aún... más versos.



Elu



PD. Hoy se la dedico a quienes creen que hay esperanza.




Bona nit




Nada, que no hay forma de quedarme dormida...

Hoy ha sido un día agotador, no sé si tanto física como mentalmente. El sol, por fin, se ha empeñado en sacarme de casa para regalarme su calor y yo, muy poco dada a rechazos cálidos, me he dejado acariciar. Y así estoy, cansada de la caminata y con ciertas partes de mi cuerpo algo enrojecidas... Nada importante, mañana estaré un poco más morena.

Y aquí estoy, pensando en alguno de vosotros, aporreando lo más suavemente posible las teclas para que el vecino no golpee la pared y me saque de mi dulce desvarío.

Tú, que tendrás una noche agitada, con las sienes palpitantes y el corazón dolorido...

O tú, que seguro sueñas con una dulce brisa del norte mientras piensas qué hacer para que no te llame Calimera.

O tal vez para ti, que luchas por mantener lo poco que tienes, que no es lo importante, pero sí lo urgente.

Y sí, también a ti... que te me acercas de puntillas y te alejas antes de que te pueda tocar. Sí, no abras más los ojos, que eres tú... cabezota, no sabes cuánto te echo de menos y cómo me controlo para no coger mañana mismo el tren y robarte el abrazo que nos debemos.

Hay que ver la noche que me espera. Creo que me quedaré velando vuestro sueño.

Dulces sueños y mejores despertares.

Elu